| ¡Ups!, por Susana Sussmann (cuento) |
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Cuento escrito por Susana Sussmann Una sonda, una singularidad espacio-temporal: elementos que pueden llevar a la explicación de lo, hasta ahora, inexplicable.
Lealand trabajaba afanosamente manipulando unos haces de luz de colores pasteles, una expresión de rabiosa concentración cruzaba su frente en la forma de profundas arrugas. Por momentos, el arreglo luminoso parecía tomar una forma vagamente reconocible como un paisaje alienígena, mas al instante siguiente se perdía lo que casi había sido bello, para convertirse en manchones de luz de colores informes. Tras unos minutos, el joven dio un manotazo al generador de haces, apagándolo con un grito exasperado. Media vuelta y se dejó caer en un sofá de plástico negro, de cara a la pared. Ésta mutó gradualmente hasta dejar ver una ventana a través de la cual se podía admirar un soberbio atardecer, mientras una fragante brisa entraba perezosamente moviendo las solapas de la amplia camisa desordenada que Lealand solía usar cuando trabajaba. El frustrado artista extendió la mano ante sí y una copa de Martini apareció en ella. Con un prolongado suspiro bebió un trago y dejó suavemente la bebida en una mesa que se materializó a su derecha al momento de soltar la copa. La vista fija en el ocaso, los largos y delicados dedos unidos ante el rostro, la desolación pintada en su expresión, Lealand era la viva imagen de quien ha sido abandonado por su musa. El sol fue poniéndose lentamente, dejando la habitación poco a poco en penumbras. Cuando apenas se distinguían los contornos, unos golpes se oyeron en la puerta. El joven movió ligeramente la mano izquierda, en un movimiento afectado, y la habitación se iluminó progresivamente hasta permitir distinguir las siluetas con comodidad, mientras el atractivo rostro de un hombre curtido se dejaba ver flotando un poco por encima del ojo de la cerradura. —Pasa, Broxoss. No sé por qué insistes en tocar, si esta casa es tuya. La puerta se desvaneció, junto con la imagen flotante, dejando ver al dueño de esa cabeza, que penetró rápidamente en el lugar con visibles muestras de agitación. Apenas entró, la puerta volvió a aparecer a sus espaldas y Lealand materializó otra copa de Martini para ofrecérsela a su visitante. Broxoss apuró la bebida de un trago y, más tranquilo, se sentó en el brazo del sofá que Lealand había vuelto a ocupar. —Hice esta casa para ti, amigo. No es mía, es tuya. Es mi regalo. Y jamás querría alterar tu derecho a la intimidad. —Sabes que no me importaría, Brox. Además, ¿qué podría estar haciendo yo aquí, sin ti? —le espetó el joven con una mirada de picardía en los ojos. El hombre se removió inquieto, adivinándose en ello un poco de resignada incomodidad, mientras el joven, pálido, delgado hasta parecer casi enfermo, hacía un mohín. —Lealand, vine porque necesito saber si te has comunicado con Martghie. Necesito hablar con ella y no responde a mis mensajes de e-mail ni se ha conectado al tridichat. ¿No habrá venido a verte hoy? —No, Brox, no la he visto hoy. No me digas que la extrañas, que no lo soportaría. —Sabes que no, pequeño idiota —le respondió el hombre con total inexpresividad en el rostro—, es que necesito enseñarle una cosa que he descubierto. —Bueno, debería venir. Siempre viene. No soporta vivir sin mí. A veces quisiera que te unieras a nuestra pequeña fiesta diaria, pero eres un bloque de hielo. —Deberías corresponderla, muchachito. Esa mujer es muy buen partido. Y una mente brillante. —Y muy sensible, sí, lo es —suspiró el joven—. Pero no la quiero como a ti. —Ya viene. La voz de Lealand fue suave, casi musical, perdiéndose de nuevo en el silencio. El joven parecía muy relajado, tranquilo, mientras el hombre se puso de pie, paseando nerviosamente por la habitación. Minutos después aparecía una mujer muy joven, de largo cabello negro recogido en varios pequeños moñitos distribuidos con un cuidadoso desorden por toda su cabeza. El rostro era el de una niña y esa sensación se acentuaba por el brillo a la vez pícaro e inocente de su mirada. Su adultez se adivinaba solamente en su actitud prudente y mesurada, y sobre todo en su conversación. Martghie era una reputada científica de la Agencia Espacial, aunque su aspecto aniñado no lo demostrase. —Llegaste muy tarde hoy, Mar. —Perdóname, Lealie, cariño, pero sabes que no dejaría de venir a verte. ¿Acaso me extrañabas? La chica fue presurosa a darle un ligero beso en los labios al joven y, al incorporarse, reparó en la presencia del hombre. —¡Broxie! ¡Qué sorpresa! —Hola, Martghie. Necesitaba hablar contighhh... —El saludo fue cortado repentinamente por el beso que la chica plantó en los labios de Broxoss, quien respondió con un repentino envaramiento. Lealand apuró lo que le quedaba del Martini, dándoles la espalda con otro sonoro suspiro. —Mar, Brox quería hablarte. ¿Los dejo solos? —No hace falta, Lealand, aunque es posible que te aburras —respondió el hombre tratando de simular que no se sentía incómodo por la actitud de la chica—. Perdóname por interrumpir tu... visita, Martghie. Pero creo que es importante. La chica frunció ligeramente el ceño. Broxoss no solía interponerse en los asuntos “emocionales”, como él los llamaba de manera un tanto despectiva. Martghie disfrutaba de incomodar a Broxoss demostrando lo más posible su emotividad. Ella consideraba a Broxoss como un ser humano privilegiado, porque podía pensar millones de veces más rápido que los humanos orgánicos, cuyos cerebros eran insoportablemente lentos, y porque, sobre todo, no sentía dolor jamás. Martghie hubiera renunciado gustosa a la dudosa felicidad en que vivía con tal de no sufrir. Y es que la chica era extremadamente emotiva y sus ojos, los de verdad, que Lealand y Broxoss no podían ver en la realidad virtual, solían derramar lágrimas con demasiada frecuencia. Y era esa especie de envidia a Broxoss, que en realidad ocultaba una gran admiración, lo que la hacía pincharle una y otra vez. Ella deseaba ser una inteligencia artificial como él, y no sentir, no sentir... Pero sabía que a lo más que podía aspirar era a ser “reciclada” a una persona virtual como Lealand, que había sido un gran pintor en vida. Y eso no la salvaría de sus emociones. Por eso se defendía de su propia envidia tratando de convencerlo de que las emociones eran algo deseable. Algo en la expresión preocupada de Broxoss, o quizás el hecho de que esta vez no reaccionó ante su insinuación (Lealand sí había reaccionado con un bufido a su espalda, y ella deseó que los celos del artista fueran por ella, aunque estaba consciente de que eran por él), hizo que ella se pusiera repentinamente seria. —¿Qué sucede, Broxie? El hombre levantó la mirada. Su ceño estaba profundamente arrugado, lo cual parecía terriblemente sexy al artista que lo miraba desde el fondo de la habitación. —¿Recuerdas la simulación que estaba programando ayer? —Sí, Broxie, querías estudiar el origen del universo para demostrar el Big Bang y comprobar si la teoría inflacionaria es correcta. ¿Ya la terminaste? ¿La has corrido? —Ay, Martghie. Sí, verás, la he corrido. La corrí unos pocos años hacia atrás para comprobarla, y funcionaba bien. Y luego un poco más atrás. Y también, por curiosidad, hacia delante. Un suspiro desolado se dejó escuchar desde la pared del fondo, lo que consiguió un instante de atención por parte de la chica. Sin embargo, la excitación exenta de emotividad que dejaba traslucir las atropelladas palabras del hombre no le permitió distraerse más que un instante. —Martghie, ¿cuándo ha despegado la sonda? El brusco cambio de tema sorprendió a la joven, que abrió los ojos de manera interrogativa. —Pero, ¿qué...? —Dímelo, por favor. —Pues, fue lanzada hace unos diez días, Broxie, por eso tardé en venir hoy, tenía que controlar sus emisiones. ¿Por qué...? El hombre hizo un brusco ademán con la mano, callando a la chica, y empezó a manipular los mandos de un proyector holográfico. —Tenemos que detener la sonda, Martghie. Es imprescindible. Una imagen tridimensional en miniatura del sistema solar se materializó flotando por encima del proyector. Lealand se dejó caer silenciosa y resignadamente, deslizándose por la pared, para terminar sentado en el piso del fondo de la habitación. Con una mezcla de interés y aburrimiento se dejó llevar por las imágenes de los globos multicolores que flotaban en medio de la nada. —Sabes que no puedo detener la sonda, Broxie. Costaría mucho dinero, lo sabes. ¿Qué te sucede? Broxoss disminuyó la velocidad de giro del sistema solar simulado. —Mira, esta simulación, Martghie, para que lo entiendas. Es de hace un año y medio, cuando todavía no habíamos descubierto al asteroide. Broxoss se refería al asteroide 2002 AA29, un pequeño objeto de unos cien metros que parecía orbitar el Sol más o menos a la misma distancia que lo hacía la Tierra. —Mira, la voy a adelantar. ¿Ves que el asteroide no está? Pues mira, éste es el momento preciso en que fue descubierto. ¿Lo ves? —No veo nada, Broxie. —¡Exacto! Pero, mira, colócate aquí, a mi lado. Broxoss se encontraba en un punto en el cual tenía a la Tierra delante suyo y el Sol a su derecha. Martghie se colocó a su lado para poder mirar la simulación desde su mismo ángulo. —¡Oh! La exclamación de la chica hizo que Lealand se apresurase a unirse al grupo. —Está el asteroide —dijo el joven—. ¿Qué tiene de extraordinario? —Que del otro lado no se ve, tonto —dijo ella emocionada—. ¿Cómo simulaste eso Broxie? —Ése es el problema, Martghie, que no simulé nada más que lo que sabemos del universo. Mira, te voy a mostrar el gradiente gravitacional. La simulación cambió de aspecto. Líneas de colores intensos que representaban la visión geométrica del universo aparecieron por todo el lugar. Las funciones gravitacionales eran líneas suaves, como debían ser, excepto en un área pequeña frente a la Tierra, en donde había una zona negra. —¿Ves, Martghie? ¿Ves? —No te entiendo, Broxie, ¿qué se supone que es esto? —Observa con cuidado, voy a retroceder. El sistema comenzó a moverse lentamente en dirección contraria y, en el instante correspondiente a un mes atrás, la zona negra, que representaba el gradiente infinito de gravedad de un agujero negro, desapareció. Y, con él, el asteroide. |
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