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Cuidado con lo que deseas, por Susana Sussmann (cuento) Imprimir E-Mail

Cuento escrito por Susana Sussmann

Sexto mejor cuento libre del año 2006

¿Quién no ha soñado jamás con tener el amante perfecto? ¿Quién sería capaz de pagar el precio de tenerlo?

Para Galo, por siempre


Miró la pendiente con decisión. En esta ocasión era pleno verano y el sol ardía sobre su piel, lo que la hizo sentir aún más viva que antes. Extendió el bastón que él le había dejado y comenzó a apartar a golpes la maleza que le impedía escalar con comodidad, tal y como él lo había hecho años antes. Mientras ascendía revivió aquel viaje cuyo recuerdo permanecía vivo en su memoria. Habían sido amigos a distancia por mucho tiempo, con un cierto anhelo de algo más, un anhelo que había estado agazapado por años en algún recóndito lugar de sus almas, hasta el día en que ella por fin había ido a visitarlo.

Entre los tantos paseos que dieron juntos por los alrededores de la ciudad, la visita a las ruinas arqueológicas había sido inolvidable. Habían recorrido con tranquilidad las pirámides de piedra cubiertas de hierba, subido a las pocas construcciones que estaban permitidas, mirado el pueblo y la laguna en la lejanía. Y él le había propuesto ir más allá, trepar por una empinada cuesta desde la cual se tenía una hermosa vista. Algo en la mirada del muchacho le había hecho darse cuenta de que el paisaje no era lo único que él tenía en mente, y fue esa idea lo que por fin la persuadió de seguirlo.

Ten cuidado (1), por M. C. Carper Él había sacado entonces el bastón que siempre llevaba consigo, lo había extendido y empezado a apartar la maleza. Ella había tenido que hacer un gran esfuerzo, un poco porque su ropa no era la más apropiada, un poco porque no sabía muy bien hasta dónde quería subir él, un poco por el calor y otro poco por la incertidumbre. Esta segunda vez decidió venir preparada, mochila a la espalda, suficiente líquido a la mano, repelente de insectos y una buena gorra para combatir los fuertes rayos del sol. Además, en esta ocasión estaba sola. Recordaba la cuesta menos empinada, pero se dijo que los años ya le estaban pesando.

Cuando llegaron al claro juntos, aquella vez, ella tuvo que admitir que el espectáculo de las ruinas, la laguna y el pueblo era realmente soberbio. Y ahora, al regresar, la belleza del paisaje de nuevo le hizo contener el aliento. Casi pudo sentir su respiración en el cuello. Por un momento estuvo de nuevo con él, mirando el paisaje y sintiendo los fuertes brazos de Jorge alrededor de su cintura. No se había dado cuenta de cuánto lo extrañaba hasta que se encontró de nuevo en ese lugar, y unas ardientes lágrimas resbalaron por sus mejillas, confundiéndose con el polvo y el sudor.

Tardó un rato en recuperar el control sobre sus emociones y, cuando al fin lo logró, tuvo que lavarse la pringosa cara con un poco de agua. Debía mostrar una imagen patética. Una mujer casi vieja, sola, llorando como una niña al recordar a un antiguo amante. Agradeció al Cielo que el lugar estuviera tan apartado de la mirada de los extraños como lo recordaba. Nadie la vería en tan triste situación.

Se apartó un poco del borde del claro y extendió una manta, igual que él lo había hecho antes, y se tendió para disfrutar del cielo azul. Jorge se había acostado a su lado y ella, sofocada por el intenso calor, se había despojado de la camisa de mangas largas que había cometido la torpeza de elegir para la caminata. Ese día hablaron por mucho rato, uno al lado del otro, sin tocarse, pero el final él había decidido tomar la iniciativa. Jorge había apoyado su cabeza en un brazo, mirándola, mientras con la otra mano comenzaba a acariciarle el vientre. Entonces ella había cerrado los ojos, dejándole hacer. Pronto sus labios siguieron el camino recorrido antes por los dedos y, durante largo rato, él se había dedicado a besarle apenas el cuerpo. La mujer entonces joven se había abandonado a la sensación de esa primera vez, sin saber muy bien qué haría él a continuación. Se había dejado acariciar y besar, y desvestir lentamente por las torpes y temblorosas manos de su amigo de toda la vida. Cuando sólo le quedaba la ropa interior, había decidido tomar una actitud menos pasiva y sujetado con sus manos la cara de Jorge, besándolo por primera vez, jugando con los largos rizos negros del chico, conociendo por fin el sabor de su lengua, sus dientes y sus labios. Cuando al fin se había separado de él, le había hecho quitar la camisa para poder admirar sus tatuajes. Jorge no había tenido reparos en terminar de desvestirse y fue entonces cuando la pareja había comenzado a amarse con intensidad. 

La mujer revivió la escena detalle a detalle, las caricias, la timidez inicial, la creciente excitación que iba sintiendo, allí tendida entre las plantas y los insectos. Fue recordando cada roce, cada beso, cada suspiro. No se dio cuenta en qué momento el recuerdo de la excitación sexual se había convertido en una sensación real, mas cuando revivió el orgasmo, su cuerpo se estremeció en intensos espasmos y de su garganta salió un prolongado gemido de placer.

Jamás le había pasado algo semejante. Hasta ese día los recuerdos habían sido sólo recuerdos. Es cierto que pretendía revivir la experiencia, la única que había tenido con Jorge, con toda la intensidad posible, para poder recordarlo y hacerle la única clase de homenaje que él hubiese aceptado de ella. Pero de allí a tener un orgasmo sólo por recordar...

Ten cuidado (2), por M. C. Carper De repente tuvo la sensación de no estar sola, y trató de tapar su desnudez en un movimiento instintivo. Una risa nerviosa la atacó al darse cuenta de que seguía vestida, y, sin embargo, se sentía extrañamente expuesta. Miró a su alrededor y se esforzó en escuchar, pero no había señales de gente por los alrededores. Trato de desechar la sensación, sin lograrlo.

“¿Cómo te sientes? ¿Te gustó?”

Fueron las mismas palabras que le había dicho Jorge cuando terminaron y en esta ocasión volvió a escucharlas con su misma voz. Una voz que llevaba casi diez años sin oír y que llevó de nuevo lágrimas a sus ojos.

“No llores, sabes que a él no le hubiera gustado que llorases.”

De nuevo esa voz. Otra vez Jorge hablándole, después de tantos años. Pero esta vez no era él. No eran sus palabras. No era su tono. ¿Tono? ¡Pero si en realidad no había escuchado nada! Empezaba a darse cabal cuenta de que todo era fruto de su imaginación, de que Jorge no estaba allí y de que su imaginación le jugaba malas pasadas, y se alegró de que nadie la viera. ¿O se equivocaba? La sensación de no estar sola persistía.

Alarma. Como si una parte de ella se hubiera alarmado por su propia tristeza.

“Pensé que querías sentirlo de nuevo. Lo querías, lo sabes. Yo sólo pretendí ayudar, no hubo mala intención de mi parte. Lo único que hice fue darte lo que deseabas.”

Muy bien. Jorge estaba muerto y ella no creía en fantasmas. Tampoco había escuchado voces antes. Y no estuvo expuesta suficiente tiempo al sol como para haber sufrido una insolación. ¿Por qué ahora oía su voz con palabras que no serían propias de él? ¿Por qué su cordura se empeñó en colapsar justo ahora, en un lugar apartado de un país que no era el suyo?

Nunca llegó a expresar estos pensamientos en toda su magnitud, porque de nuevo esa extraña voz interior invadió su cabeza. Ya no fueron palabras cuidadosamente elaboradas en la voz de Jorge, sino una mezcla de sensaciones y pensamientos inconclusos.

No loca. Cuerda. Sana. Buena. Triste. Una escena del espacio vacío entre galaxias. Un sol verdoso. Jorge. Un rostro apenas insinuado en el cielo. Tristeza, pero esta vez suya. Una tumba, la de Jorge, tal y como se la imaginaba, pues no la había visto nunca. La sensación de un viaje. Estrellas que pasan raudas alrededor. Un planeta, la Tierra. Un continente, América. Una caída en picado hasta una montaña, y una mujer tendida en la hierba. De nuevo tristeza y dolor, ella recordando el pasado. Soledad. Insatisfacción. La piel arrugada, el cuerpo fláccido, la vergüenza de ya no verse joven. Juventud. Lo que él buscaba en las mujeres. El secreto alivio de que él nunca la vería vieja.

La mujer no pudo evitar gritar con fuerza. Jamás se había sentido tan violada en sus más íntimos sentimientos. Y entonces percibió una retirada parcial. Como si unos dedos hubieran dejado de hurgar en su mente.

“Lo siento. No pensé que te molestara. Para nosotros es lo normal.”

De nuevo palabras. De nuevo la voz de Jorge. La voz que tanto había amado escuchar.

Se echó a llorar, pero esta vez no sabía muy bien por qué.

“Quise viajar un poco más lejos. Llegué hasta aquí. Mi espíritu lo hizo. Te encontré y quise hablarte. No supe cómo, pero sí percibí de inmediato lo que querías. Te lo di como regalo de buena voluntad. Jamás quise dañarte. Lo siento, lo siento, lo siento...”

Sonaba como si la voz se alejara. La mujer sintió cómo el visitante se retiraba por completo de su cabeza y por fin lo comprendió todo. Él (imposible pensarlo sin género ahora) quiso hacer algo lindo por ella, y fue rechazado. Y ahora se había ido. Había perdido al amante perfecto, el que siempre sabría lo que anhelaba, el que le habría dado compañía y seguridad, el que siempre le diría las palabras que necesitaba antes incluso de ella saberlo. Por un instante había vislumbrado el paraíso y ahora sabía que su significado era la paz del alma.

Gritó otra vez. Lloró. Lo llamó.

Pero él, como Jorge, jamás regresaría.

 
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