| El Ángel del Silencio, por Maria Eugenia Pereyra (cuento) |
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Cuento escrito por Maria Eugenia Pereyra Un pasado confuso y torturante, una vida vacía y rutinaria, una obsesión ciega por un ángel de mármol, unos intereses poderosos y desconocidos: demasiados elementos nefastos para el protagonista de este cuento. A Albino, Enrique Javier, Hugo, Jaime, José Antonio y Ricardo. Ahí está… Lo acaban de bajar a la fosa. El cajón aún permanece suspendido por las bandas de las poleas a media altura sin tocar el fondo. Los deudos del difunto, vestidos de riguroso luto, se retiraron pronto y los sepultureros todavía no llegan con la tierra, tampoco a desmontar la máquina. Me acerqué tan sólo a coger uno de los tantos arreglos de flores que se apilaban a su alrededor, bajo el toldo azul del parque cementerio. “No le hará falta”, pensé, “en cambio, mi Marcela no tiene ninguno”. En ese momento observé su nombre en las letras metálicas plateadas incrustadas en el ataúd, bastante alto, por cierto: Juan Pablo. Luego, descubrí encima el pequeño frasco verde, me atrajo de inmediato como un poderoso imán. No sé por qué lo sentí tan familiar. Lo saqué. Impresionado, ahora leo una y otra vez el trozo de hoja que encontré en su interior. Dice: "Me llamo Juan Pablo Luna Soto, soy colombiano. No escribo más que mensajes de correo electrónico, demandas, reconvenciones, contrademandas, peticiones, actas y escrituras..." Un escalofrío recorre mi cuerpo. Estoy aterrado. ¡No creo en las coincidencias, tampoco en los milagros! También mi nombre es Juan Pablo. Juan Pablo Luna Soto. Nací en Colombia y mi trabajo es idéntico al del individuo muerto. Soy abogado. Bueno, un remedo de abogado, no tuve los recursos para graduarme. ¡Diablos! Allá vienen los sepultureros, aunque no traen la tierra. Dejo caer con disimulo el frasquito sobre el ataúd. Guardo de prisa el papel en el bolsillo, mientras tomo un ramo de rosas tratando de dar la impresión de haber llegado tarde a la ceremonia. Los dos me miran de arriba abajo. Algo de desprecio brilla en sus ojos. —¿Usted es familiar del finado? —pregunta con desconfianza el que parece el jefe. —No, no soy familiar… —¡Ah! Eso supuse. ¿Era su conductor? —Mire —tercia riendo burlón el otro—, ¿quería robarse algunas flores para un muertito pobre? Era su intención, ¿no? Mañana no quedarán ni la mitad, estarán en otras tumbas. Cargue otro de esos, así hace la obrita de caridad. —Echaremos adentro el frasco, luego activamos la seguridad. Lo de la tierra será al finalizar la tarde. Ella lo pidió así —oigo decir al primero dirigiéndose a su compañero, en tanto que salgo de allí humillado, furioso, llevando conmigo los dos arreglos. ¡Esto no me habría pasado si hubiera habido más sepelios! Se los pondré a Marcela. ¡Maldita sea mi suerte! No he podido traerle nada hace semanas, a duras penas las margaritas que arranco de los antejardines de camino hacia acá. A no ser que haya un entierro de algún rico como éste, así logro hurtar un ramo. ¡Todo por culpa de mi mal pagado oficio! Quince largos años llevo encerrado en una lúgubre oficina, todos los días subo y bajo los tres pisos del vetusto edificio. Detesto el ascensor, temo quedarme encerrado. Si no fuera por la linternita que cargo en el bolsillo… Mi única distracción es recorrer el Campo Santo. Lo hago desde hace cuatro meses, cuando visito a Marcela. Es placentero caminar por las alamedas bordeadas con sauces llorones, sus delgadas hojas barren el suelo. ¡Qué hermosa es la escultura de mármol blanco de la rotonda! Siempre me detengo a contemplarla embelesado desde la misma banca. Le dicen el Ángel del Silencio. Parecen tan reales esas alas desplegadas, esa túnica ondeando en un eterno e invisible viento, esos finos brazos uno con la mano señalando al cielo, el otro doblado para colocar el dedo índice sobre su boca invitando a guardar silencio.Ahí viene el guarda. Es mi amigo. Más bien mi único amigo, conversamos de nuestras vidas mientras fumamos. Siempre va conmigo hasta la tumba de Marcela, luego tomamos un café. No obstante, antes de responder mi saludo, contesta su celular alejándose. ¿Trata de esquivarme? Qué extraño. Quería preguntarle si sabía algo de la misa a la que me invitaron hoy. No creo haberme equivocado de fecha, ni de hora, pero la capilla estaba cerrada cuando llegué. Tampoco advertí carteles anunciándola. ¿Dónde tengo mis cigarrillos? ¡Maldita sea! Los olvidé por el afán de llegar a tiempo a los oficios. Le dejo las flores a Marcela, poco hablo con ella. Demasiadas cosas rondan en mi cabeza: la fallida invitación, el papel, el frasco verde. ¿Por qué lo hallé tan familiar? Medito en ello de regreso a casa. ¡Bah! Casa es mucho decir, a mi habitación, a mi pestilente ratonera del sótano, no puedo pagar otra cosa. Y apenas entro… ¡Sí que la siento pestilente! El olor a humedad encerrada penetra mi nariz, comienzo a estornudar. Abro las dos ventanillas situadas en lo alto de la pared, necesito aire. De golpe, percibo el viejo baúl debajo de la estampa del Ángel del Silencio. ¡Sí, claro! ¿Cómo no me acordé? Aquel frasco es idéntico al mío. ¿Dónde demonios guardé la maldita llave del baúl? Yo la dejé en este cajón. Aquí, aquí está, aunque no recuerdo haberla puesto ahí… Tengo sed, estoy nervioso. Necesito un cigarrillo. ¡Diablos! No puede ser… Se acabaron. ¿No queda sino una cerveza? Juraría que había otras dos. La bebo ávido, siento el líquido resbalar por mi garganta. Corro hacia el rincón. Mis manos tiemblan al abrir el baúl. Lo revuelco, muchas cosas caen al piso, mías, de Marcela: sus antiguos hábitos, las espantosas enaguas, su cofia… ¡Debo botar esto, huele a podrido! Y en el fondo, semejante a una tarántula enorme, amenazante, aparece la raída bolsa. La desgraciada bolsa negra que tanto odio. Dudo un segundo… Durante años he procurado desterrar de mi memoria los amargos recuerdos de aquella época encerrada allí, como un genio en su botella. Sólo las cicatrices de mi espalda y de mis brazos gritan que fue real, que ese tiempo existió, que forma parte de mi pasado. Marcela supo ser el bálsamo para mis heridas, ella me hizo guardarla, afirmaba que a veces el pasado volvía y era mejor conservar aquellas cosas a mano. Deslizo el cierre lentamente. Hay varios objetos en su interior, ya no los reconozco. ¿Hace cuántos años…? Me siento agitado, deben ser los nervios. Vacío con impaciencia su contenido sobre un cojín, empero no sale mi pequeño frasco antiguo con su tapa en forma de hongo. ¡Demonios! ¡El otro, no alcancé a cerrarlo! Sí, aquí tengo el papel y la tapa verde en el bolsillo. ¡Claro!, es exacta, del mismo cristal grueso de roca. Trato de leer de nuevo lo escrito. Mi visión está borrosa… ¿Dónde estará el frasco? De pronto contiene un indicio de mi verdadera identidad. ¿Dos frascos iguales y dos Juan Pablo Luna Soto? No, no es posible, no puedo llamarme igual que el tipo muerto. No conozco el apellido de mi padre, uso el de mi madre, al menos eso dijeron. Me crié en un orfanato. Allá contaron que una tal Josefina nos había encontrado a la bolsa y a mí, cuando tenía pocos días, y nos llevó. No, viví en varios infernales hospicios, hogares substitutos, reformatorios; la bolsa siempre viajó conmigo. Cuando pasaba de un lado al otro, salía con ella. Hasta que Marcela hizo lo que nadie había hecho antes: amarme. Abandonó todo por mí, hasta en lo que creía. Con rabia escarbo aquello de nuevo, no logro hallarlo. Y ahora que caigo en cuenta, al llegar encontré la puerta de entrada sin asegurar con doble llave. Qué extraño, siempre lo hago al salir. Me estoy volviendo distraído... o loco. Eso hace la soledad. Tendré más cuidado, aquí no hay portería. Bueno, no entrarían a robar un miserable frasco, ¿o sí? Pero, ¿para qué? Todo lo demás está en su lugar. ¡Los pensamientos se atropellan en mi mente! Sólo sé que debo devolver la tapa del otro. Supondrán que fui yo, en el cementerio me conocen, el guarda sabe la dirección de la oficina, lo de mi amor, lo del convento. Y la misa por ella... No, tengo que regresar. Además, todo me parece raro. ¿Dónde puse mis gafas? Aquí están... y la invitación también. ¡No veo bien! Sí, la misa la ofrece Jardines de Paz por el alma de Marcela, hoy domingo a las… ¡No puede ser! Estaba seguro que era a la una de la tarde, por eso fui temprano, y aquí dice a las cinco y media. ¡Absurdo! ¡Si a esa hora no hay oficios ni entierros tampoco! Cierran las puertas. Inverosímil, pero creo que no es la misma tarjeta, debo ir allá. ¿Qué pasa con el autobús? Aquel automóvil negro con vidrios polarizados, ¿por qué se estaciona ahí, cerca del paradero? ¡Está prohibido! Últimamente he llegado a pensar que me persiguen los autos similares a ése, los diviso por todas partes. ¿Será porque uno así mató a Marcela? El desgraciado se dio a la fuga. Éste no me deja observar que viene. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Sí, tengo suficiente dinero para pagar un taxi. Se acerca uno…. —¡Ey! ¡Ey! Taxi…Taxi. —¿Qué desea, amigo? —pregunta el conductor del auto que se detiene frente a mí, e insiste—: Puedo llevarlo a donde quiera. Entre, amigo, ande, súbase, está tambaleándose. —Gracias. Por favor, lléveme a toda velocidad al parque cementerio Jardines de Paz —respondo antes de cerrar la puerta. Curioso, es rojo. No había conocido uno así en la ciudad. —¿Quiere un cigarrillo? Lo noto nervioso. Acepto el ofrecimiento. Me tranquilizo al expeler la primera bocanada de humo, siento que vuelo en este carro. El chofer es amistoso, su charla es agradable… Lleva un tapabocas, explica su alergia. De repente voy contándole lo de mi frasco, él me aconseja qué hacer. Llega hasta adentro del cementerio, trato de cancelar la carrera pero no recibe el dinero, sólo dice que me dé prisa. Al bajarme, atisbo el auto negro. ¡Qué estúpido soy, debe ser otro! Aunque trastornado, busco la tumba. ¡Demonios! Era aquí en el sector C, sin embargo no la encuentro. No pude haberme equivocado, conozco el cementerio igual que la palma de mi mano. Sí, creo que es aquella… ¡Diantre! No puede ser… ¡Ahí está el Ángel del Silencio! Es la escultura, aunque parece más pequeña, del tamaño de una persona. ¡La tenían preparada! En tan corto tiempo no se haría una similar a ésa, ni creo que la vendan en ninguna parte. Sí, la tenían lista, porque en la base hay una inscripción… ¡Porquería de lentes, no leo bien! ¿Qué dice? “Juan Pablo Luna Soto. Enero de 1970 - Marzo de 2007”. ¡Diablos! ¡El tipo era de mi edad! Esto es raro, ¿llevaría largo tiempo enfermo? Ni siquiera han bajado aún el cajón y está entreabierto. ¡Maldición! ¡Se dieron cuenta! No hay nadie cerca, debo buscarlo ya. Vaya cubierta tan pesada la de este ataúd… Lo conseguí. —Juan Pablo, Juan Pablo… Increíble, pero detrás de mí está mi amado Ángel del Silencio, su túnica blanca ondea en la brisa de la tarde, el Sol del ocaso le imprime un esplendor rosado a su figura, una sonrisa ilumina su bello rostro. —Entra allí —me indica, señalando el ataúd con su mano derecha. Lo miro, sonrío, obedezco. Abro bien el féretro y, sosteniendo su tapa, me siento sobre el muerto sin dejar de mirar al Ángel. Me invade una infinita paz, jamás había experimentado algo así. —No tengas temor, acuéstate, ése eres tú. Serás feliz, nunca lo fuiste antes. Obedezco de nuevo. Entonces, cae la cubierta del ataúd sobre mí. Llamo a mi Ángel varias veces. No responde, ¿qué le pasa? Le grito, sigue callado. Su rostro iluminado está en la tapa mirándome. Detesto la oscuridad, no soporto el encierro, le digo. Trato de levantarla, la golpeo y no cede… Rasguño el maldito raso blanco, lo arranco. Comienzo a asfixiarme. Esto tiene un seguro, puede abrirse, lo dijeron los sepultureros, ¿dónde estará? Mi linterna… sí, aquí la tengo. Me echo a un lado apretándome contra la pared del ataúd. La luz… ¡Ay! ¡Demonios! ¡Este no es Juan Pablo, el tipo tiene por lo menos ochenta años! Mi corazón quiere salirse del pecho. ¿Por qué mis piernas y mis brazos se mueven violentamente? Algo… —¿Quién cerraría el ataúd? Debía permanecer entreabierto hasta siete de la noche —dice uno de los sepultureros. —Los pájaros debieron activar el mecanismo. ¡Hagámosle! Bajemos el cajón y echemos la tierra, ya va a anochecer. La vieja no podrá decir nada. Esperamos hasta bien tarde —responde el otro. —Pero valió la pena. La comida que nos trajo mejor no podía estar y el traguito, ni se diga. Descansamos toda la tarde y la propina fue bien gorda. Ella no quería enterrarlo. Qué monja tan rara, ¿no? —Listo. Ahora a celebrar con otras cervecitas. Vamos, hermano. No sé, botar la tierra sobre los cajones me eriza los pelos de la nuca. Siempre oigo ruidos extraños. Los dos parten alegres de allí. Ya los demás han salido, no queda sino el portero. Un poco más tarde, por el sendero llega un automóvil negro con vidrios oscuros que estaciona en el sector C. De él desciende una elegante dama vestida de luto, con un maletín. Tendrá apenas un poco más de cincuenta años. Va hacia la tumba. Detrás de un grupo de árboles se desliza una sombra. Es un hombre alto y fornido, camina al encuentro de la mujer.—Y bien… —dice ella con tono de interrogación. —Todo funcionó tal cual lo planeamos, doña Josefina. Cambié el frasco. —¿Sufrió? —No. La escopolamina es muy útil, lo sometió como a un corderito. Hizo lo que queríamos desde que salió de su casa. Con sus alucinaciones sobre el Ángel todo fue fácil. Nadie preguntará por ellos, los viejos vagabundos de la calle mueren solos. Los dos pasarán como desaparecidos. —¿Y el portero? —Ya todo fue acordado, apagará en quince minutos las cámaras. Sale usted primero, luego yo en el auto negro. Ya cambié las placas del rojo. Entrégueme la bolsa, quemaré el disfraz. No quedará rastro. —Está en el baúl. Ten cuidado con la cofia, es difícil que arda. Era hoy o nunca, Abelardo, Marcela casi lo estropea todo con sus averiguaciones. Dame el frasco, fue un estúpido gesto sentimental de juventud dejarlo con él. Toma el maletín, encontrarás el pasaporte y lo demás. El avión sale a las doce de la noche. Deja el carro en el parqueadero de siempre, cambia la placa antes. El hombre desaparece entre las sombras de los árboles. Ella sólo exclama antes de marchar: —Mi mediocre pecado ha quedado sepultado, hija mía. Lo acompañará su amado Ángel. La cuantiosa herencia de su padre será toda para ti, Violeta. “Desastrosa la experiencia. Nunca había corregido tanto un mismo cuento: Córtelo que se metió en camisa de once varas; auméntele que quedó trunco; vuelva a la primera versión, ensaye y redacte en: 3ª persona presente, 3ª persona pasado, 1ª persona pasado (puse a hablar al muerto). Y al final, me quedé con la que a nadie le gustaba pero a mí sí: 1ª persona presente, con todos sus líos. ¿Cómo se hace para contar lo que nadie sabe? Ni la víctima de escopolamina, porque todo se le borra cuando vuelve en sí… si es que no muere por sobredosis. Me dio un trabajo espantoso ensayar con todo lo anterior y armar mi primer cuento de este tipo, si no fuera por la comisión de Forjadores…” Maria Eugenia Pereyra |
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